El análisis de la competencia y las tendencias del mercado: el trabajo que antecede a cualquier decisión

Ninguna empresa turística opera sola. Ningún destino tampoco. Alrededor de cada negocio hay otros que disputan el mismo mercado: los mismos compradores actuales y los mismos compradores potenciales. Reconocerlo parece obvio, y sin embargo buena parte de las decisiones comerciales del sector se toman como si el competidor no existiera, o como si fuera únicamente el establecimiento de enfrente.

Analizar la competencia y leer las tendencias no es un ejercicio académico. Es la práctica que permite anticiparse, y anticiparse es, en el fondo, lo único que persigue el marketing en todas sus formas. Quien logra ver antes que los demás hacia dónde se mueve el consumo tiene una ventaja concreta: puede adaptar su oferta mientras los otros todavía reaccionan.

Quién es realmente tu competencia

El competidor ya no es solo la empresa que ofrece algo parecido a lo tuyo. También lo son los productos sustitutos: negocios cuya dinámica puede reemplazarte aunque pertenezcan a otra categoría.

En Cusco, epicentro turístico del Perú, el mercado saturado empujó a los hoteles a ofrecer por su cuenta traslados, tours y paquetes. En la práctica se volvieron competencia indirecta de las agencias de viaje y de los operadores que abundan en la ciudad. Algo similar ocurre con agencias minoristas que, por normativa, deberían vender los productos de las mayoristas y los servicios de hoteles o cruceros, pero que terminan armando y operando sus propios programas de full day, compitiendo de frente con los tour operadores.

El caso más claro en alojamiento es el homestay: casas o departamentos acondicionados con estándares de calidad, ubicados cerca de aeropuertos o de zonas de alta demanda. No son hoteles y compiten con ellos ofreciendo algo que un hotel difícilmente puede dar, una experiencia más casera y cercana. Las plataformas digitales encarnan la misma ambigüedad: sirven como canal de venta y al mismo tiempo compiten contigo si eres agencia.

Pregunta para reflexionar:

¿Qué negocio, fuera de tu categoría, podría estar quitándote clientes sin que lo tengas contabilizado como competencia?

Tendencias: el cliente que dejó de ser fiel

Las tendencias son, en términos simples, los nuevos ritmos, gustos y preferencias que se proyectan hacia el futuro: hacia dónde va el consumo turístico, hacia dónde van los cambios tecnológicos. La inteligencia artificial es hoy uno de esos vectores, con su capacidad de simplificar procesos y generar eficiencias operativas.

Hablar de cambio ya no dice gran cosa; el cambio se normalizó. Lo que distingue al momento actual es que el cambio es más veloz y alcanza todos los pliegues del quehacer profesional y empresarial.

Hay un desplazamiento que conviene entender bien porque explica muchas cosas. En el siglo XX, bajo la lógica industrial, el consumidor era fiel por falta de información. Hoy tiende a ser infiel, volátil y disperso porque tiene demasiada información disponible. Ese exceso lo empodera: puede comparar precios, calidades, marcas y alternativas antes de decidir. La fidelidad ya no se hereda, se gana en cada compra.

El turismo vive esa dinámica con particular intensidad. Es un mercado competitivo, con enorme presencia de participantes, y sobre todo muy sensible a los factores externos. Cuando ocurre una crisis social, una protesta violenta o una pandemia, el turismo es el primer sector golpeado, junto con el transporte, la aviación comercial, los restaurantes y la hotelería. No es una noción teórica: es lo que el sector vivió en 2020 y buena parte de 2021.

Un cuadro para mirarte y para mirar a los otros

El análisis se vuelve manejable cuando se ordena en un cuadro comparativo con seis entradas, que se llena primero para el propio negocio y después para dos competidores directos.

La primera entrada es el público objetivo. No basta con decir turistas: hay foodies que viajan para conocer la cultura gastronómica de cada pueblo, viajeros de negocios que piden exclusividad y soporte tecnológico, visitantes que buscan aventura y adrenalina. Cada uno exige una oferta distinta.

La segunda es la personalidad de la marca. Las aerolíneas de bajo costo suelen construir una comunicación joven, fresca y cercana; una aerolínea centenaria como Avianca opera con un trato más formal, y esa formalidad no está solo en el logotipo, está en los protocolos de atención. Hay marcas que abrazan la sostenibilidad como eje de identidad, como las cadenas de ecolodges peruanas. La pregunta es directa: ¿tu marca es conservadora o cercana, formal o moderna?

La tercera es el producto, entendido no como catálogo sino como solución: qué beneficio reporta a la vida del mercado que elegiste, porque nadie vende un producto, vende una solución. Siguen las fortalezas y las debilidades, apoyadas en el diagnóstico FODA. Y cierra la estrategia de marketing: diferenciación, ahorro de costos, especialización, seguidor, retador o diversificación.

La diversificación merece un ejemplo. Una marca peruana que nació como restaurante con propuesta de gastronomía y entretenimiento para público masivo dio el salto a cadena hotelera, y su incursión más reciente fue en el Valle Sagrado, donde compite de tú a tú con las grandes marcas internacionales. Eso es proponer nuevos productos a nuevos públicos cuando el negocio llega a su etapa de madurez.

Al llenar el cuadro para los competidores hay una condición de honestidad: hay que evitar los sesgos de gusto personal. Se trata de rescatar sus fortalezas tanto como sus falencias, porque solo así aparece la grieta por donde se puede aventajar a alguien.

El entorno que no controlas y el que sí

El entorno competitivo se divide en dos niveles. El macroentorno reúne las fuerzas que afectan el desempeño del negocio sin que nadie pueda modificarlas: factores políticos, económicos, sociales, tecnológicos, ecológicos y legales. A ese conjunto se le toma una fotografía para saber si están jugando a favor o en contra.

El microentorno es distinto, porque ahí sí hay margen de maniobra. Un negocio decide con qué proveedores trabaja y en qué condiciones negocia créditos y pagos; decide si coloca sus productos en plataformas digitales o construye su propia página y vende directo; observa a sus competidores desde su desempeño digital hasta su precio y su personalidad de marca. Son cosas visibles, estudiables y, con la información adecuada, aprovechables.

Sobre ese microentorno se apoya el método de las cinco fuerzas de Michael Porter, que analiza en el fondo tres componentes: competidores, proveedores y compradores. La rivalidad entre competidores existentes describe cómo compiten hoy las marcas del sector en calidad, precio, promociones, ubicación y prestigio; en la hotelería de lujo, una cadena puede diferenciarse por una filosofía de bienestar y otra por ser la única de su categoría instalada en un centro histórico patrimonio de la humanidad. La amenaza de nuevos ingresos es alta en turismo porque las barreras de entrada son bajas: basta una constitución formal, una computadora y una mayorista que provea paquetes. El poder de negociación de los proveedores cambia según el precio, el prestigio y el tamaño; un restaurante que promete del campo a la mesa negocia distinto porque necesita sostener a sus agricultores con pedidos y precios favorables. El poder del comprador aparece cuando alguien contrata veinte paquetes y pide un liberado, o cuando deja una queja que obliga a corregir un servicio. Y los sustitutos cierran el cuadro con esa competencia que llega desde fuera de la categoría.

Lo que vuelve distinto al análisis competitivo en turismo

El turismo es un sector fragmentado y muy diverso, con un número enorme de pequeñas y medianas empresas, incluso micronegocios que venden desde una casa apoyados en una página, una landing o las redes sociales.

Es también un sector marcado por la estacionalidad, es decir, por la concentración de turistas en un tiempo y un espacio determinados. En el Perú la temporada alta del turismo receptivo arranca formalmente el 24 de junio con la fiesta del Inti Raymi y se extiende hasta septiembre, porque coincide con las vacaciones de norteamericanos y europeos. El mismo paquete cuesta distinto en esos meses que en enero o febrero, temporada de lluvias en Cusco. Planear sin considerar ese ciclo es planear a medias.

Y hay un componente que los manuales de marketing turístico suelen dejar de lado: el emocional. Nadie viaja para pasarla mal. Se viaja para romper con la cotidianidad y para hacer cosas que no caben en el entorno habitual. Antes se explicaba con la idea de evasión, pero esa explicación ya no alcanza, porque el viajero de hoy graba, fotografía, transmite y comparte mientras viaja. Hoy no se imprimen fotos, se comparten; las fotos son la memoria del viaje. Un negocio que entiende esto puede hablar de emociones, contar historias y conectar con los valores de su público, mientras otros siguen compitiendo únicamente por calidad y precio.

Pregunta para reflexionar:

¿Qué historia cuenta hoy tu negocio, más allá de lo que cuesta y de lo que incluye?

De la información a la decisión

El análisis se alimenta de fuentes que ya existen. Hay estudios de mercado con datos actualizados, como los perfiles del vacacionista nacional y del turista extranjero que publican las entidades de promoción. Hay plataformas globales que muestran el pulso del mercado, desde herramientas de tendencias de búsqueda hasta portales de reseñas donde la gente recomienda, califica o reniega con entera libertad, y cuyo peso llega a traducirse en distintivos de excelencia para los establecimientos.

La comparación entre países ilustra para qué sirve todo esto. Colombia superó los reveses de la pandemia con destinos bien posicionados y una apuesta digital sostenida, construida sobre una decisión de fondo: al preguntarse qué los distinguía concluyeron que no era el paisaje sino su gente, su cortesía, su acento, su cultura. Sobre esa idea levantaron su comunicación. El Perú, en cambio, ha tenido una reactivación más lenta, afectada por crisis políticas y sociales que dañan la imagen del destino, y sostenida en buena medida por un producto ancla que atrae público por sí mismo, con destinos emergentes que todavía no rivalizan en impacto económico. Su ventaja está en la gastronomía y en el turismo vivencial y comunitario, donde sí hay base para diferenciarse.

De ahí se desprende una recomendación práctica para cualquier empresa pequeña: construir un ecosistema digital propio, con medios, canales y contenido propios, para no depender por completo de intermediarios que pueden cambiar las reglas cuando les convenga. Y respetar el orden: primero posicionamiento, después ventas. Invertir en anuncios y presupuesto antes de haberse posicionado digitalmente es gastar sin cimientos. Muchos negocios turísticos entienden la red social como un lugar para vender sin descanso, cuando la condición previa es socializar, interactuar y crear confianza.

Para cerrar

Analizar la competencia y visualizar las tendencias no es un trabajo que se hace una vez y se archiva. Es una práctica constante y estratégica que produce información clave para decidir.

Pero la información por sí sola no cambia nada. El paso que importa es el siguiente: responder estratégicamente en función de lo que el análisis reveló, como hace un país que apuesta por su gente y su ecosistema digital, o como hace otro que decide diferenciarse por su cocina y por sus experiencias comunitarias. Con eso claro, los objetivos de cualquier planificación dejan de ser una declaración de intenciones y se vuelven un camino.

Pregunta para reflexionar:

Si hicieras hoy el cuadro comparativo con dos competidores directos, ¿qué crees que descubrirías que hoy prefieres no mirar?

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