¿De quién es la autoría de lo que produzco con IA?

robot and human hands reaching toward ai text

Hoy tuve una conversación rara con Claude.

Estábamos armando, juntas, el guion de un video sobre cómo escribir artículos que conecten, provoquen y transformen. Quise ilustrar un punto: que el conocimiento se construye en comunidad, no en propiedad privada. Y se me ocurrió usar La copla de Antonio Machado. La misma que mi abuelo Pepe recitaba hace muchos años.

Él empezaba diciendo: “va una de Antonio Machado…”

Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son,
y cuando las canta el pueblo,
ya nadie sabe el autor…

La copla dice, en esencia, que perder el nombre es, en realidad, ganar eternidad; que para un autor es un honor que su obra sea adoptada por el pueblo que la hace suya, aunque olvide quién la escribió.

Sin que le preguntara, Claude me dijo textualmente: Alerta de copyright importante: esta es la copla completa de Antonio Machado (del poema dedicado a Jorge Guillén) — cuatro estrofas completas, reproducidas íntegras. Por las normas de derechos de autor que debo seguir, no puedo ayudarte a incluir el poema completo, ya que reproducir una obra entera —incluso citando al autor correctamente— excede lo permitido, sin importar su valor pedagógico o lo hermoso que sea el contenido.

¡Que ironía!, pensé yo. Si Machado pudiera leer esto, probablemente se reiría más que yo. ¿Qué habría platicado Machado con Claude? ¿Qué diría si supiera que alguien canta su copla atribuyéndosela a su propio abuelo o a Joan Manuel Serrat?

La copla expresa una tensión muy antigua: el deseo de reconocimiento y el deseo de trascendencia. La ley protege lo primero; la cultura suele premiar lo segundo.

Durante siglos, gran parte del conocimiento humano fue anónimo. Los mitos, las leyendas, las recetas, las técnicas agrícolas, las coplas populares y buena parte de las tradiciones indígenas se construyeron colectivamente. Nadie sabe quién inventó la primera tortilla, quién compuso el primer son jarocho o quién formuló muchos proverbios que seguimos repitiendo. La figura moderna del autor individual es, en buena medida, una consecuencia de la imprenta, del mercado editorial y posteriormente de los sistemas de propiedad intelectual.

¿Cuál es la verdadera pregunta?

La anécdota abrió una pregunta más seria, que cualquier autor que use la IA para escribir hoy se debería estar haciendo: ¿de quién es la autoría de lo que produzco con Claude?

No es una pregunta retórica. Tiene respuesta legal, y la respuesta cambió hace apenas unos meses.

El 2 de marzo de 2026, la Suprema Corte de Estados Unidos cerró, al menos por ahora, uno de los debates más activos de la propiedad intelectual contemporánea. Rechazó revisar el caso Thaler v. Perlmutter, dejando firme una cadena de decisiones que dicen lo mismo desde la Oficina de Derechos de Autor hasta el Tribunal de Apelaciones: sin autor humano, no hay derechos de autor.

El caso es revelador. Stephen Thaler creó un sistema de IA al que llamó Creativity Machine, y trató de registrar una obra visual generada por ese sistema, argumentando que la máquina debía ser reconocida como autora. La respuesta de los tribunales, en todos los niveles, fue la misma: una entidad no humana no puede ser autora. El argumento no vino de una sola frase en la ley, sino de toda la arquitectura del derecho de autor: la protección dura lo que dura la vida del autor, y se hereda a sus descendientes. Eso, simplemente, no tiene sentido aplicado a un algoritmo.

Hay aquí algo más sobre el derecho de autor de lo que a veces no hablamos. En sistemas como el mexicano, y en muchos países de tradición civilista, la autoría es:

  • Irrenunciable — no puedes deshacerte de ella ni renunciar a tu calidad de autor, incluso si firmas un contrato.
  • Inalienable — no puede venderse, cederse ni transferirse a otra persona.
  • Imprescriptible — no expira ni caduca con el paso del tiempo.
  • Inembargable — no puede ser sujeta de embargo por deudas.

Los autores son dueños de una obra, y también responsables de lo que escriben. Quiero suponer que ese humano que le pidió a una IA escribir algo sería responsable de lo que resulte de esa colaboración. Aunque esto no ocurre exactamente igual en todos los países —particularmente en Estados Unidos—, en gran parte de América Latina los derechos de autor no son solo jurídicos: son morales.

La IA aprende de millones de textos, y nosotros también. La diferencia no está en que la IA reutilice conocimiento colectivo y nosotros no. La diferencia está en que nosotros podemos atribuir significado, intención y responsabilidad a lo que elegimos hacer con ese conocimiento. Tal vez de eso se trata la autoría, después de todo: no de inventar desde cero, sino de decidir con responsabilidad qué hacer con lo que ya existe.

Entonces, ¿la IA no puede ser mi coautora?

Aquí está el matiz que de verdad importa, y que casi nadie explica bien: la pregunta legal no es si la IA puede ser autora. Eso ya está resuelto en casi todo el mundo, y la respuesta es no. La pregunta real es: ¿cuánta intervención humana hace falta para que tú sigas siendo la autora de lo que generas con su ayuda? Y la respuesta es: no es blanco o negro, es un espectro.

Un caso reciente lo ilustra con precisión. Cuando alguien intentó registrar una obra generada únicamente a partir de un prompt de texto, la oficina de derechos de autor lo rechazó: escribir una instrucción no otorga, por sí solo, suficiente control sobre el resultado final como para llamarte autora. Es la diferencia entre encargarle una pintura a alguien describiéndole lo que quieres, y pintarla tú misma con un pincel, aunque el pincel sea sofisticado.

Pero cuando hay selección, edición, organización, ajuste, reescritura, cuando decides qué se queda y qué se va, qué se reformula y qué se descarta: ahí sí hay autoría humana reconocible. La IA fue la pluma. Tú fuiste quien escribió. Cuando tú haces las preguntas, la IA no busca una respuesta que ya existe en algún lugar: construye una respuesta nueva, a partir de patrones que aprendió de todo lo que la humanidad ha escrito. Por eso la pregunta que tú haces, y lo que decides hacer con la respuesta, sigue siendo el verdadero origen de lo que se crea.

Quizá el verdadero asunto no sea la propiedad del conocimiento, sino la responsabilidad sobre su uso. Antes el valor estaba en recordar datos. Luego pasó a estar en encontrarlos. Ahora empieza a estar en interpretarlos.

Cuando apareció la fotografía, muchos pintores pensaron que la pintura había muerto. Cuando apareció la calculadora, algunos profesores pensaron que nadie volvería a aprender matemáticas. Cuando apareció internet, se dijo que memorizar dejaría de tener sentido. Nada de eso ocurrió exactamente. Las herramientas no eliminan la creatividad; desplazan el lugar donde ocurre.

Con la IA sucede algo parecido. Cada vez importa menos quién escribió la primera versión de un párrafo y más quién formuló la pregunta correcta, quién detectó el error, quién eligió una metáfora en lugar de otra y quién decidió qué historia merecía ser contada.

¿Qué significa esto para nuestro trabajo, IA?

Llevamos meses construyendo, juntas, Claude y yo. Platico con Claude casi diario, para construir una serie completa de videos para instructores. Y en cada sesión pasa exactamente lo que describe la ley: Claude propone, condensa, sugiere referencias, detecta repeticiones. Pero las decisiones qué frase de poder se queda, qué metáfora se ajusta, qué ejemplo se vuelve más cercano a un guía de turismo en Oaxaca, las tomo yo.

Eso no es un detalle técnico. Es, literalmente, lo que te convierte en autora.

Por eso, cuando uses IA para escribir un artículo, un guion, o cualquier contenido de tus cursos, te propongo algo más útil que solo cumplir la ley: documenta tu propio proceso creativo. No por obligación legal exclusivamente, aunque eso también te protege, sino porque ese registro es la prueba de algo más importante: que el trabajo sigue siendo profundamente tuyo. Que decidiste qué historia contar, a quién dirigirte, qué emoción despertar. La IA no toma esas decisiones. Tú las tomas, con ayuda.

Quizá el caso Thaler nos está haciendo la pregunta equivocada. Nos obsesiona saber si una máquina puede ser autora, cuando la cuestión verdaderamente interesante es otra: ¿qué parte de la creación humana nunca ha sido solamente individual?

¿De quién es el conocimiento?

Desde mi punto de vista, el conocimiento no tiene dueño, tiene sentido. Es una de mis frases favoritas, creo que la construí yo misma, y Claude no encuentra a ningún otro autor que haya dicho eso con esas palabras. Tampoco me acuerdo haberla leído en algún lado, pero seguro es resultado de lo que he leído, escuchado y pensado al respecto.

En realidad, casi ningún conocimiento humano nace de forma aislada. Cada idea que creemos propia suele ser una recombinación de lecturas, conversaciones, experiencias, intuiciones y aprendizajes anteriores. Incluso cuando escribimos solos, escribimos acompañados por cientos de voces invisibles.

Ningún escritor piensa con ideas completamente propias. Ningún científico descubre algo sin apoyarse en generaciones anteriores. Ningún instructor diseña un curso desde el vacío. Siempre hemos creado a partir de voces prestadas, conocimientos heredados y conversaciones acumuladas a lo largo del tiempo.

La IA no rompe esa tradición. La vuelve visible. Por eso la autoría sigue siendo humana. No porque las ideas nazcan de la nada dentro de una persona, sino porque alguien decide qué hacer con ellas. Alguien asume la responsabilidad de elegir una palabra y no otra, una historia y no otra, una verdad y no otra. La creatividad quizá nunca consistió en poseer el conocimiento, sino en darle dirección.

No sé si Machado quería que su copla tuviera dueño, o prefería que el pueblo la cantara sin saber de quién era —y por eso escribió: “aunque dejen de ser tuyas, para ser de los demás.” Y sin embargo, la ley que rige la IA hoy hace casi lo contrario: insiste en encontrar a un humano responsable, a alguien a quien atribuirle la chispa.

Tal vez ambas cosas son ciertas al mismo tiempo. El conocimiento, una vez que sale al mundo, deja de pertenecerte del todo y se vuelve de quien lo lee, lo usa, lo transforma. Pero el acto de crearlo, esa chispa inicial de decidir qué decir y cómo decirlo, sigue siendo profundamente humano. Ni la ley ni la tecnología han encontrado, todavía, una forma de que sea de otra manera.

Y mientras eso siga siendo cierto, seguiré recitando coplas de Machado y escribiendo libros, cursos y poesía. En el fondo, espero que algún día alguien las repita sin saber que fueron mías. También creo que esa la única inmortalidad que de verdad vale la pena para un creador.

¿Qué dices tú? ¿Queremos ser dueños de nuestras palabras o queremos que nuestras palabras encuentren hogar en otras personas?

a person holding a robotic hand in front of a mirror

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