Habita tu cuerpo conversador

El cuerpo humano, como el de todos los animales no espera una decisión para comunicar o un razonamiento para interpretar. Lo hace automáticamente. En 1992, el neurocientífico italiano Giacomo Rizzolatti descubrió por accidente algo extraordinario: ciertas neuronas en el cerebro de los macacos se activan tanto cuando el animal realiza una acción, como cuando observaba a otro realizarla. Las llamó neuronas espejo.

Años después, Marco Iacoboni demostró que los humanos tenemos un sistema equivalente — y que es la base neurológica de la empatía. Cuando ves a alguien fruncir el ceño, tu cerebro activa los mismos circuitos que si lo estuvieras frunciendo tú. Cuando ves a alguien sonreír de verdad, algo en ti responde antes de que lo decidas.

Aprender a leer y a habitar tu propio lenguaje corporal te permite establecer conexión o distancia con tus interlocutores. Usar tu cuerpo para comunicarte es una de las claves de para ofrecer un servicio con calidad y calidez.

Éste ejercicio te ayudará a Identificar qué gestos y posturas está diciendo tu cuerpo, te ayudará a saber qué están leyendo quienes están frente a tí. Vas a experimentar lo que la psicóloga Amy Cuddy demostró respecto a adoptar posturas expansivas: cuerpo abierto, espacio ocupado, cabeza erguida. Comprenderás cómo reacciona tu organismo y cómo te ven los demás cuando cambia tu postura. Te darás cuenta claramente que un gesto de apertura activa en el otro una respuesta de seguridad y que un gesto de cierre activa una respuesta de alerta. Así comenzarás a hacer de tu cuerpo un buen conversador.

Para este paso necesitas un espejo. Puede ser el del baño, el de tu cuarto, el de tu teléfono en modo selfie. Lo que importa es que puedas verte, idealmente completo o desde los hombros. También ten a la mano un papel y un lápiz para tomar notas.

Paso 1. La influencia de tu gesto en tí

Haz estos diez gestos frente al espejo, sosténlos por unos quince a veinte segundos. Nota lo que sucede en tu cuerpo y en tu mente:

  • Frunce el ceño.
  • Sonríe.
  • Mira hacia arriba a la derecha.
  • Tuerce la boca hacia la derecha.
  • Mira hacia abajo a la izquierda.
  • Sube los hombros hacia los lóbulos de tus orejas.
  • Cruza los brazos y apriétalos sobre el pecho.
  • Baja los hombros lo más lejos que puedas de las orejas.
  • Abre los brazos hacia arriba con las palmas abiertas.
  • Elige un gesto que hagas con frecuencia.

Paul Ekman y Fritz Strack documentaron que el músculo facial genera la emoción, no solo la expresa. El ceño produce tensión cognitiva real. La sonrisa genuina activa el nervio vago. ¿Cambió en algo tu emoción cuando frunciste el ceño y luego sonreíste? Vuélvelo a intentar si necesitas.

El cerebro suele asociar el mirar arriba a la derecha con construcción visual e imaginación, mientras mirar abajo a la izquierda activa el diálogo interno y la memoria emocional. Son opuestos en lo que despiertan. ¿Sentiste la diferencia? Puedes intentarlo de nuevo.

Cuando el cuerpo se contrae, ocupa menos espacio. Fisiológicamente sube el cortisol, la hormona del estrés y la alerta. La persona se siente más protegida pero también más a la defensiva, más desconfiada y menos receptiva. En interacción con otros, quien cruza los brazos tiende a procesar menos información. Estudios de investigadores de la Universidad de Columbia encontraron que personas con brazos cruzados durante una tarea cognitiva persistían menos ante la dificultad y generaban menos soluciones creativas.

Cuando el cuerpo se expande, ocupa espacio. Baja el cortisol y sube la testosterona. Según Amy Cuddy, este gesto suele despertar las hormonas asociadas con la confianza, la presencia y la disposición a la acción. Las palmas hacia arriba añaden una capa adicional: es universalmente un gesto de ofrenda, de no amenaza, de disposición al vínculo. En prácticamente todas las culturas documentadas, las palmas visibles señalan que no se esconde nada. ¿Sentiste cómo tu respiración creció?

Ya que estás ahí, si quieres, puedes hacer más posturas y gestos, obsérvalos y obsérvate para seguir con consciencia corporal los próximos pasos del ejercicio:

Paso 2. Cuerpo que cierra contra cuerpo que abre

Observa y déjate sentir la diferencia de estas dos escenas:

Escena cerrada. Imagina que estás detrás de un mostrador. Tienes los hombros encogidos hacia las orejas como si cargara algo que no pediste. Aprieta la mandíbula. Baja la vista hacia una pantalla imaginaria donde tu jefe está pidiéndote un reporte urgente. Sabes que alguien se acerca. No levantas los ojos, estás a punto de poner enviar a un mensaje. La persona que está frente a ti no dice nada, espera con paciencia un momento y luego te saluda. Cuando por fin decides subir la vista de la pantalla y lo ves, no puedes evitar que la comisura de tu boca se tuerza levemente hacia abajo y cruzas los brazos sobre el pecho con el cuerpo ligeramente girado hacia un lado. Te urge atender al cliente y seguir con tu reporte.

Escena abierta. Esta vez estás detrás del mostrador respondiendo a tu jefe cuando percibes que el cliente va llegando desde lejos. Te das cuenta que tus hombros casi tocaban tus orejas. Los sueltas. Miras por un segundo la pantalla, te dices: esto puede esperar. Levantas la vista hacia el cliente. Posas manos sobre el mostrador y esbozas una sonrisa que expresa que has decidido estar ahí. Lo atiendes y en cuanto da la vuelta, regresas a tu reporte.

Escribe en pocas palabras lo que sucedió con tu cuerpo y tu mente en la escena abierta y en la cerrada

Ahora escribe lo que sintió el cliente.

Lo que acabas de experimentar tiene una explicación biológica precisa. El psicólogo social John Bargh de la Universidad de Yale documentó que el cuerpo en postura cerrada no solo refleja un estado interno, lo refuerza. Cada vez que adoptamos una postura de cierre, el cerebro interpreta la señal como confirmación de amenaza y libera más cortisol. Es un círculo que se alimenta a sí mismo: el estrés produce cierre, y el cierre produce más estrés.

Pero el círculo también funciona al revés. James Laird de la Universidad Clark demostró desde los años 70 que adoptar voluntariamente una postura de apertura comienza a modificar el estado emocional en menos de 60 segundos. El cuerpo no espera que la mente decida sentirse seguro. Va primero

Paso 3. La prisa y la calma

La prisa. Imagina que estás en un restaurante. Te han dado una buena mesa y estás en buena compañía. Un mesero se acerca. Camina rápido, con los ojos en otra dirección. Llega a tu lado sin detenerse del todo, como si no pudiera interrumpir su movimiento. Su postura es erecta pero hacia atrás. La mirada del mesero pasa por encima de ti, ausente de ti y la persona que te acompaña, está mirando la siguiente mesa. El menú aterriza en la mesa con un golpe seco.

La calma. Ahora imagina que estás en un restaurante. Te han dado una buena mesa y estás en buena compañía. Un mesero se acerca. Camina rápido, con los ojos atentos a ti. Llega a tu lado, se detiene apenas unos minutos. Sonríe y con cortesía les entrega a cada uno un menú y dice con una sonrisa franca: en un momento estoy con ustedes.

Pregúntate: ¿Cuánto tiempo más ocupó el primer mesero que el segundo?

El mesero de la prisa no fue descortés, fue invisible. Y la invisibilidad duele de la misma manera que un golpe. Solo que nadie puede señalar dónde. El neurocientífico Matthew Lieberman de UCLA demostró que el cerebro humano procesa la exclusión social, la sensación de no ser visto o de no importar en las mismas regiones que procesa el dolor físico. La corteza cingulada anterior, que se activa cuando nos golpeamos, también se activa cuando alguien pasa su mirada por encima de nosotros como si no existiéramos. El segundo mesero no ocupó más tiempo, ocupó más presencia. Y esa diferencia es neurológica.

Anota en pocas palabras qué crees que estaba sintiendo el mesero y qué siente el comensal en ambos escenarios.

Paso 4. Sin pausa, con pausa

Sin pausa. Estás en un recorrido guiado, en un lugar hermoso. El guía que está al frente va de espaldas al grupo, apenas da la bienvenida comienza a caminar. Habla hacia el paisaje, dando información precisa e interesante. Camina desde su propio ritmo: rápido, sin voltear. Los hombros ligeramente encogidos hacia las orejas, no mucho, solo lo suficiente para que el cuerpo se cierre sobre sí mismo. Lleva los brazos casi siempre pegados al cuerpo. Cuando alguien hace una pregunta, el guía responde sin girarse del todo, solo una fracción de vuelta, la voz hacia el frente. El contacto visual dura menos de un segundo por persona. Llegan a un lugar de descanso y le dice al grupo que pueden relajarse por un rato.

Con pausa. Estás de nuevo en ese lugar hermoso con el guía caminado frente al grupo. Antes de comenzar a caminar, advierte atentamente al grupo que recorrerán un trecho, que irá señalando aquello en lo que recomienda poner atención y al llegar a una sombra responderá la preguntas de todos. Cada cuatro o cinco pasos se detiene y gira el cuerpo tres cuartos hacia el grupo. Lo ves escanear a todos para asegurarse que lo siguen. Lleva los hombros abajo y atrás, la columna alargada sin rigidez. Cuando señala algo en el paisaje, su brazo se extiende completamente: abierto, generoso, como quien comparte algo que le pertenece a todos. Si alguien pregunta gira completo como diciendo: te escuché, eso importa y responde. Hace una señal para que el grupo continúe andando. Se detiene al llegar a una sombra. Ahí inicia su diálogo con el grupo mientras descansa. Mira de frente a cada persona que pregunta y responde con precisión.

La investigadora Nikolaus Troje demostró que el cerebro humano puede leer el estado emocional de una persona únicamente a partir del movimiento de su columna vertebral. Aún sin ver la cara, sin escuchar la voz, tu espalda habla.

¿Qué diferencia hay entre los dos guías mientras caminan? ¿Qué tiene el segundo que el primero no tiene?

Escribe en pocas palabras lo que proyectó el cuerpo del guía y cómo te sentiste en cada uno de los escenarios.

Paso 5. El pánico o la congruencia

Una persona guía a un grupo de visitantes en su comunidad. Sonríe con frecuencia, mantiene contacto visual, se inclina ligeramente hacia quienes escucha y acostumbra saludar con un abrazo breve o una mano sobre el hombro. En su comunidad esos gestos expresan cercanía, calidez y hospitalidad.

Durante el recorrido, una de las personas del grupo interpreta esas señales desde sus propios códigos culturales. Piensa que quien guía está mostrando un interés más personal, o que existe un nivel de confianza que permite un contacto físico más íntimo. En el momento de tomar una fotografía, coloca la mano sobre la cintura de la persona.

Con pánico paralizante. Quien guía se siente incómoda y molesta. Sus hombros suben abruptamente hacia las orejas y se paraliza. La mirada se cierra, los brazos se cruzan sobre el pecho. El resto del recorrido transcurre en ausencia; sigue guiando, pero ya no está del todo. El grupo lo percibe sin poder nombrarlo. La experiencia termina tensa, sin que nadie entienda bien qué pasó.

Con pánico agresivo. Quien guía se siente incómoda y molesta. Se gira en seco con un movimiento brusco, involuntario, como si algo la quemara. Empuja fuertemente a la persona que invadió su espacio y sale del recorrido sin regresar. El grupo queda a la deriva. Nadie sabe qué hacer. La experiencia se interrumpe abruptamente y el incidente queda sin resolver para todos.

Con determinación. Quien guía se siente incómoda y molesta. Da un paso suave hacia adelante interrumpiendo el contacto y creando distancia. Su cuerpo dice: este espacio es mío. Con voz tranquila y firme, acompañada de un gesto claro hacia el grupo, dice: “Prefiero que mantengamos una distancia prudente.” La experiencia continúa. Algo se dijo con claridad corporal y hablada. Nada se rompió.

Anota en pocas palabras:

¿Qué sintió quien guiaba en cada una de las tres escenas? ¿En cuál se sintió en control de la situación y de sí misma?

¿Qué sintió quien malinterpretó los gestos en cada caso?

¿Qué sintió el resto del grupo que observaba sin saber exactamente qué estaba pasando?

El investigador Edward T. Hall quien acuñó el término proxémica, que estudia el uso, percepción y estructuración del espacio y la distancia física en la interacción humana, documentó que habitamos zonas de distancia con reglas no escritas pero profundamente sentidas: la zona íntima se reserva para quienes elegimos conscientemente. Cuando alguien entra en esa zona sin permiso, el cuerpo lo registra como intrusión independientemente de la intención de quien la invade.

Las investigaciones sobre regulación emocional y respuesta al estrés, incluyendo el trabajo de Lisa Feldman Barrett en How Emotions Are Made, muestran que el cuerpo que tiene un repertorio de respuestas ensayadas ante situaciones de incomodidad activa menos la amígdala que el cuerpo que improvisa. Practicar la respuesta reduce el pánico. Quien ha pensado antes qué hará con su cuerpo en un momento dado, responde con más claridad. La que no lo ha pensado, suele quedar paralizada o reacciona abruptamente y cualquiera de las dos opciones cuesta más que un paso atrás bien ensayado y palabras claras que refuercen el mensaje.

Paso 6. Compara y comparte evidencias corporales, sentimientos y percepciones

Haz un cuadro comparativo para comparar tus conclusiones.

En evidencias corporales describe cómo se ve un cuerpo en esa circunstancia (sonrisa, seño funcido, rostro relajado, hombros encogidos o sueltos, columna alargada o encogida, brazos cruzados o sueltos, mirada esquiva o directa, etc.

En lo que siente quien lo habita escribe desde adentro. Lo que sientes cuando adoptas una postura.

En lo que siente quien lo observa escribe Lo que percibes desde el lado del espectador.

Usa las filas vacías para anotar otros casos en los que quieras reflexionar.

PosiciónEvidencias corporalesLo que siente el cuerpo que habita el gestoLo que percibe el interlocutor que observa
Cerrado
Abierto
Prisa
Calma
Sin pausa
Con pausa
Con pánico
Con determinación

Tu cuerpo lleva años conversando. Este ejercicio no te pide que finjas una postura que no sientes, te pide algo más difícil y más poderoso: que empieces a escuchar lo que ya dice, y que elijas conscientemente lo que quieres que diga la próxima vez que alguien cruce tu umbral.

Comparte con la comunidad tus hallazgos y comentarios para enriquecer al grupo.

Habita tu cuerpo conversador para comunicarte mejor.

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